Si tu hijo rechaza sistemáticamente las verduras, aparta el plato o hace un drama cada vez que ve un alimento nuevo, no estás sola: la neofobia alimentaria — el rechazo natural a lo desconocido — es una etapa muy común del desarrollo, especialmente entre los 2 y los 6 años.
La primera estrategia, y la más importante, es bajar la presión. Cuanto más insistimos, rogamos o negociamos con la comida, más se asocia esa comida con estrés — y eso hace que el rechazo se profundice en lugar de disminuir. En cambio, exponer al niño al alimento repetidas veces, sin exigir que se lo coma, ayuda a que ese alimento deje de sentirse "amenazante".
Algunas ideas prácticas: sirve la verdura nueva junto a algo que ya le guste, deja que la toque o la explore sin obligarlo a probarla, e involúcralo en la preparación de la comida cuando sea posible. La exposición sensorial — ver, tocar, oler — suele ser el primer paso antes de que un niño se anime a probar.
También ayuda mantener las comidas cortas, sin pantallas, y separar la hora de comer de la hora de "negociar". Con paciencia y constancia, la mayoría de los niños amplían su menú con el tiempo — no de la noche a la mañana, pero sí de forma sostenida.
